La ciudad de los relojes rotos



Había una ciudad donde todos los relojes estaban rotos.


No se trataba de una coincidencia. Con el paso de los años, uno a uno, los relojes dejaron de funcionar: primero los de pared, luego los de muñeca, después los digitales. Hasta los relojes solares se negaban a dar la hora correcta, como si el sol mismo se hubiera puesto de acuerdo con el misterio. Nadie entendía por qué, pero con el tiempo, dejaron de intentar arreglarlos.


Al principio fue un caos amable. Nadie sabía cuándo comenzar la jornada o cuándo dormir. Algunos empezaron a seguir la luz del sol, otros el canto de los pájaros. Los más intuitivos se guiaban por su hambre, su cansancio o su deseo. No existía el “tarde”, ni el “temprano”. Solo el “ahora”.


Lo curioso era que la gente era feliz.


Sin horarios, los días se deslizaban como agua entre los dedos. Las reuniones surgían espontáneamente en las plazas. Las clases empezaban cuando los niños llegaban, no cuando un timbre lo ordenaba. Los panaderos abrían sus puestos cuando el pan estaba listo y el aroma alcanzaba la calle.


Las noches eran sagradas: se hacían hogueras, se compartían historias, se miraban las estrellas sin pensar en la mañana siguiente. Nadie corría. Nadie empujaba.


Pero un día, como pasa en todos los cuentos, llegó un forastero.


Traía ropas oscuras, un maletín metálico y un reloj brillante en la muñeca. Era un hombre delgado, de paso rápido y mirada cortante. Al ver la ciudad, su ceño se frunció.


—¿Cómo pueden vivir así? —decía, escandalizado—. ¡Sin horario no hay progreso! ¡Esto es un desastre!


En poco tiempo montó un pequeño puesto en la plaza central. Regalaba relojes al principio, luego los vendía a precios irrisorios. Eran digitales, brillantes, con alarmas, cronómetros, recordatorios. Los niños los encontraban divertidos. Los adultos, curiosos. Y, poco a poco, todos empezaron a usarlos.


Entonces llegaron los cambios.


Se decía que quien no llegara a tiempo no merecía respeto. Las escuelas instalaron timbres. Los mercados colocaron letreros de apertura y cierre. Los empleadores exigían puntualidad. Ya no bastaba con estar: había que llegar a la hora exacta.


El tiempo dejó de ser río y se convirtió en cadena.


Aparecieron las filas, los bostezos reprimidos, los ojos ojerosos. La gente ya no se detenía a mirar el cielo. Las conversaciones se acortaron. Los juegos se terminaron. El insomnio, la ansiedad y las peleas crecieron en cada esquina.


Una noche, cuando el bullicio ya era insoportable, una anciana —con manos arrugadas y mirada firme— se levantó de su hamaca. Tomó su viejo martillo, aquel que usaba cuando aún reparaba cosas. Pero esa noche no lo usaría para arreglar.


Fue de casa en casa, rompiendo relojes.


—Basta de prisas —susurraba—. El tiempo no necesita dueños.


Al principio la creyeron loca. Pero alguien la ayudó. Luego otro. Y otro más. Hasta que los relojes comenzaron a caer como frutos podridos de los muros.


La ciudad despertó al día siguiente más silenciosa. Más ligera. Algunos intentaron resistirse, pero al cabo de unas semanas, el tic-tac fue reemplazado por risas, pasos lentos, abrazos sin mirar la hora.


Y así, el tiempo volvió a fluir.

No como máquina. No como castigo.

Sino como un río.


Libre.




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