El Espejo de los Deseos
Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de colinas y bosques espesos, una muchacha llamada Elara. Tenía diecisiete años y vivía con su abuela en una vieja casa de madera al borde del bosque. La gente del pueblo hablaba de su belleza, de su cabello oscuro como la noche y de sus ojos que parecían reflejar las estrellas. Pero Elara no se sentía especial. Desde que su madre desapareció cuando ella era apenas una niña, vivía con una constante sensación de vacío, como si una parte de sí misma estuviera perdida en algún rincón del mundo.
Una tarde de otoño, mientras recogía leña cerca del arroyo, algo brillante entre las raíces de un roble antiguo llamó su atención. Al acercarse, encontró un pequeño espejo ovalado, enmarcado por figuras talladas de serpientes y lunas. Era antiguo, y el cristal tenía un leve tono azulado. Lo tomó con cuidado y, al mirarse, no vio su reflejo. En lugar de eso, vio a una joven idéntica a ella, vestida con ropas de reina, sentada en un trono de cristal rodeada de sombras danzantes.
Parpadeó, pensando que era un truco del sol o del agua del arroyo, pero la imagen persistía.
Esa noche, al mostrarle el espejo a su abuela, la anciana empalideció y lo sostuvo como si quemara.
—Ese espejo... es el Espejo de los Deseos —susurró con voz quebrada—. Se dice que perteneció a una bruja antigua. Muestra lo que tu corazón anhela, pero sus promesas siempre exigen algo a cambio.
Elara, fascinada, decidió conservarlo. Cada noche lo observaba en secreto. A veces se veía viajando por tierras de fuego y hielo; otras, empuñando una espada dorada. Pero casi siempre veía a su madre: esperándola, llamándola con los brazos abiertos desde un lugar lejano. Cuanto más miraba, más difícil se le hacía apartarse del espejo. Comenzó a soñar con voces y caminos ocultos entre los árboles.
El espejo le habló por primera vez una semana antes del solsticio de invierno.
—Cruza el bosque la noche más larga del año —susurró una voz suave y clara—. Tu destino te espera.
Elara no lo dudó. A medianoche, mientras la abuela dormía, salió al bosque con el espejo envuelto en un paño. El frío era intenso, pero no le importó. Siguió los susurros del viento hasta un claro iluminado por la luna. En el centro, un círculo de piedras antiguas esperaba. Colocó el espejo en el centro. La luz azul lo cubrió todo, y de ella emergió una figura.
Era su madre.
—Te he esperado tanto tiempo, hija mía —dijo con lágrimas.
Elara corrió hacia ella, pero al tocarla, la figura se desvaneció como niebla. Una voz habló desde las sombras.
—Para recibir lo que deseas, debes dejar algo atrás.
Elara miró el bosque, pensó en su abuela, en su hogar, en su soledad. Y decidió.
—Acepto —susurró.
La luz la envolvió. Nunca volvió.
Pero dicen que, en las noches de invierno, una reina de ojos estrellados sonríe desde un arroyo helado, esperando a la siguiente alma que desee cruzar.
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