El inquilino del cuarto 7
En el viejo hostal “El Amanecer”, ubicado en una colina olvidada de un pueblo aún más olvidado, había un cuarto que nadie quería alquilar: el número 7.
No se trataba de superstición —ningún huésped hablaba de maldiciones ni fantasmas—, pero los empleados, con el tiempo, comenzaron a evitarlo. Las quejas eran siempre las mismas: ruidos en la madrugada, pasos en la alfombra aunque nadie caminara, luces que parpadeaban, puertas que se abrían sin motivo. Y, lo más inquietante, susurros. Siempre desde el baño, como si alguien hablara desde detrás del espejo.
La administración decidió mantenerlo cerrado durante semanas. Pero el hostal no podía darse el lujo de perder dinero, así que, muy a su pesar, lo dejaban disponible… aunque casi nadie lo pedía.
Hasta que un día llegó un hombre delgado, alto, con la piel pálida como el papel y el rostro sin expresión. Llevaba un saco gris, zapatos polvorientos y una voz tan suave que la recepcionista tuvo que inclinarse para oírlo bien.
—Quiero el cuarto 7 —dijo.
Ella alzó la vista, sorprendida. Lo estudió un momento, buscando señales de sarcasmo o ignorancia. Pero él sostenía su mirada con calma.
—¿Está seguro? Tenemos habitaciones con mejor vista. El 3 tiene balcón. El 5 está recién pintado…
—El 7 —repitió, y colocó un fajo de billetes sobre el mostrador. Pagó por adelantado cinco noches.
Subió las escaleras con pasos silenciosos. Su único equipaje era un cuaderno de tapas negras.
Las primeras noches pasaron sin novedad. El hombre no salía. No pedía comida, solo café —negro y sin azúcar— que dejaban frente a su puerta. No hablaba con nadie. A veces lo escuchaban escribir: el roce constante del bolígrafo contra el papel.
Una mañana, cuando la recepcionista no pudo entregarle el café porque nadie respondió al llamado, la mucama subió con las llaves de repuesto para asegurarse de que todo estuviera bien.
Entró con cuidado. El hombre dormía sobre la cama, con el cuaderno abierto sobre la mesa. La habitación olía a tinta y polvo.
Curiosa, se acercó. Las letras eran pequeñas y elegantes. Leyó:
“Ella entra sin permiso.
Sus ojos temen, pero su cuerpo avanza.
Lee lo que no debe.
Ahora forma parte de la historia.”
Un escalofrío recorrió su espalda. Sintió una ráfaga de frío en la nuca, como un aliento invisible. El espejo del baño vibró levemente, aunque no había viento.
Retrocedió. El hombre seguía dormido… o eso creía.
Corrió hacia la puerta. Bajó las escaleras sin mirar atrás. Ese mismo día presentó su renuncia sin explicación alguna.
Esa tarde, nadie subió al cuarto 7.
Al día siguiente, el hombre bajó por primera vez. Entregó la llave sin palabras y salió del hostal, dejando el cuaderno sobre el mostrador.
La recepcionista lo abrió, dudando.
La última página decía:
“Cinco noches. Cinco líneas. Un testigo. Una historia escrita.
El cuarto 7 ya no me necesita.”
Desde entonces, el cuarto permanece cerrado.
Pero a veces, por las noches, el cuaderno desaparece del mostrador…
Y alguien nuevo llega pidiendo el número 7.
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