El niño que no dormía





El puente


Mateo tenía ocho años y no dormía. No era insomnio, ni miedo a la oscuridad. Simplemente, no podía dormir. Sus ojos se cerraban, su cuerpo se rendía, pero su mente seguía despierta. Su madre, exhausta, lo llevó de médico en médico, pero nadie encontraba explicación.


—Es como si no necesitara soñar —dijo una especialista—. Como si su subconsciente estuviera despierto todo el tiempo.


Con el paso de los meses, Mateo empezó a notar cosas. Personas que no eran personas. Sombras que se movían diferente. Voces que susurraban entre los huecos del silencio. No le daban miedo. Al contrario: lo seguían, lo miraban, le hablaban a veces con ternura, a veces con advertencias.


Una noche, uno de ellos se le acercó. Era alto, delgado, sin rostro definido. Se sentó en la cama y habló como si ya se conocieran.


—Estás entre mundos, Mateo. Mientras todos sueñan, tú estás despierto. Y eso te convierte en un puente.


—¿Un puente? —preguntó él.


—Los que no duermen pueden ver. Pueden cruzar.


Desde entonces, Mateo empezó a caminar en las noches. No en su habitación, sino en sueños ajenos. Caminaba entre imágenes borrosas, deseos escondidos y temores profundos. Veía los sueños de su madre, de su maestra, de desconocidos. Al principio era confuso. Luego, fue natural.


Aprendió a entender los sueños, a calmar pesadillas con palabras suaves, a guiar a los que lloraban en sus propias memorias. Pero también descubrió un lugar donde no había sueños. Solo vacío.


Una oscuridad espesa, sin colores ni sonidos. Allí no había emociones, solo cosas olvidadas: gritos, objetos perdidos, rostros sin nombre. En medio de ese lugar encontró a otro niño. Estaba cubierto de polvo, con los ojos llenos de rabia.


—Yo también era un puente —le dijo el niño—. Pero me perdí aquí. Nadie me recuerda. Me quedé atrapado entre lo que se sueña y lo que se olvida.


Mateo sintió un escalofrío. El niño extendió la mano.


—Ven. Aquí no hay dolor. Solo silencio.


Por un instante, Mateo dudó. El silencio parecía tentador. Ya no tendría que cargar con los sueños ajenos. Ya no tendría que ver lo que nadie quería ver.


Pero recordó la voz de su madre, su risa cuando lo abrazaba. Recordó cómo ayudó a su amiga Clara a vencer su pesadilla con arañas, y cómo calmó a su padre cuando soñaba con perder su trabajo. Recordó que no estaba solo.


—No —dijo—. Yo tengo que volver.


El niño lo miró con tristeza, y desapareció con el vacío.


Mateo despertó con el amanecer. Por primera vez, había dormido. Soñado.


Su madre lloró de alegría. Pero Mateo sabía que no era el final. Sabía que volvería a soñar, y a caminar. Porque ser un puente no era una condena. Era una elección. Y él había elegido no olvidar, no huir.


Había elegido ver.






Comentarios

Entradas populares