El niño que soñaba universos
Tomi tenía cinco años y un poder que nadie comprendía: cada vez que dormía, creaba un universo. No era una fantasía infantil, ni un juego de imaginación. Era real.
Al principio, sus sueños eran sencillos. Una nube con forma de elefante aparecía sobre su casa, flotando. Un árbol de manzanas azules crecía en el patio trasero de la noche a la mañana. Un gato que hablaba en versos lo seguía a todas partes durante el día. Su madre, Clara, pensaba que estaba alucinando. Pero al tocar las cosas —al ver cómo otras personas también las veían— entendió que algo extraordinario ocurría.
Tomi no lo sabía. Soñaba como cualquier niño: sin límites, sin lógica. Cada noche cerraba los ojos con la dulzura de quien no teme al mundo, y cada mañana despertaba en uno ligeramente distinto.
Los sueños empezaron a volverse más complejos con el paso de los meses. Un día, amaneció una ciudad entera flotando en el cielo. Edificios transparentes, personas que caminaban de cabeza, trenes que se desplazaban por el aire sin rieles. Los vecinos se asustaron. La televisión habló de un “fenómeno sobrenatural”. Pronto llegaron científicos, autoridades, militares.
—¿Qué soñaste, Tomi? —le preguntaban.
—Una ciudad donde nadie se cae —respondía él, con una sonrisa tímida.
Le hicieron pruebas. Escáneres cerebrales. Estudios del entorno. No encontraron la fuente. Solo sabían una cosa: cuando Tomi dormía, el mundo cambiaba.
Los gobiernos querían usarlo. Crear mundos perfectos, diseñados a partir de sus sueños. Controlar sus siestas, inducir ideas. Pero Tomi solo soñaba en paz. Si lo forzaban, no pasaba nada. Si lo drogaban, no soñaba. Si tenía miedo, el sueño desaparecía.
Clara lo entendió antes que nadie. Era su madre. Había visto cómo se encogía cuando lo observaban demasiado, cómo lloraba en silencio al ver que sus sueños se volvían objeto de estudio. Así que una noche, mientras todos dormían, lo tomó de la mano, empacó unas pocas cosas, y se fueron.
Viajaron lejos, hasta una cabaña en la montaña. Un lugar sin teléfonos, sin televisores, sin satélites. Allí, el mundo era sencillo. Y Tomi volvió a soñar.
Soñó un bosque que cuidaba a los niños. Y al despertar, un anillo de árboles gigantes rodeaba la cabaña. Soñó con lagos de agua pura, y peces que cantaban cuando nadaban. Cada sueño era un pequeño milagro. Clara no preguntaba. Solo le leía cuentos antes de dormir, le acariciaba el cabello y le decía: “Sueña lo que quieras, amor”.
Un día, Tomi soñó un mundo sin humanos. Un lugar con animales libres, selvas intactas, ríos limpios. Cuando despertó, el planeta parecía más silencioso. Como si algo hubiera cambiado profundamente. La gente desaparecía de los centros urbanos, las máquinas se detenían, las armas se oxidaban. Solo quedaban rastros, memoria. El mundo no se acabó, solo se calmó.
Y Tomi, como siempre, siguió soñando.
Dicen que cada vez que nace una estrella nueva en el cielo, es un sueño de Tomi. Que el universo no se expande por accidente, sino porque un niño, en alguna parte, cierra los ojos y cree en algo hermoso.
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