El vigilante del faro
Julián vivía solo en un faro, en un islote azotado por tormentas. Su única compañía era el mar y un cuaderno donde dibujaba los barcos que pasaban, aunque ninguno se detenía. Nadie hablaba con Julián. Decían que estaba loco. Que veía cosas en el mar que no existían.
Pero Julián sabía la verdad. Él cuidaba la costa de los "otros", seres antiguos que vivían en las profundidades, esperando que los humanos olvidaran su existencia.
Cada noche, el faro debía encenderse. Si no lo hacía, los otros saldrían.
Una noche de tormenta, el sistema eléctrico falló. Julián, enfermo y débil, apenas pudo encender una linterna. Gritó. Rezó. Pero el mar rugía.
Y entonces, los vio.
Gigantes, sin rostro. Con cuerpos hechos de sombra y agua. Se acercaban al pueblo dormido. Julián, en un último intento, quemó su cuaderno, usando las páginas para alimentar una fogata improvisada en la cima del faro.
La luz volvió. Las criaturas se detuvieron. Y desaparecieron.
A la mañana siguiente, el faro estaba vacío. Solo quedaba el humo de las últimas páginas.
Desde entonces, cada faro del país lleva una placa: “Gracias, Julián. Guardián de la luz.”
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