La casa sin espejos



Desde que se mudaron a la vieja casa de campo, Lucía sintió que algo no encajaba. Era una sensación tenue al principio, como un susurro en la nuca o un escalofrío sin causa aparente. Lo primero que notó fue la ausencia total de espejos. No había ninguno en el baño, ni en los armarios, ni siquiera en los adornos de las paredes. Su madre, entusiasmada con la idea de una vida más tranquila fuera de la ciudad, dijo que era parte del "encanto rústico" del lugar. “Es una casa antigua, con su propia personalidad”, decía con una sonrisa forzada, como si intentara convencerse a sí misma.


Pero Lucía no lo sentía así. La casa parecía demasiado silenciosa, como si estuviera conteniendo la respiración.


Pasaron los días, y mientras su madre se ocupaba de desempacar y limpiar, Lucía exploraba. Un sábado por la tarde, empujada por el aburrimiento y la curiosidad, subió al ático. Las escaleras crujían bajo su peso y el aire olía a madera vieja y polvo. Allí encontró muebles cubiertos con sábanas y cajas cerradas con cinta amarilla. Pero lo que más le llamó la atención fue un bulto alto, de forma rectangular, apoyado contra la pared del fondo. Estaba cubierto por una sábana gris. Con manos temblorosas, Lucía la retiró.


Debajo, encontró un espejo. O algo parecido a uno.


No reflejaba la imagen del ático como debería. En su lugar, mostraba otra habitación: parecida, pero no igual. Más antigua, con una luz débil que no parecía venir de ninguna lámpara. Las paredes eran del mismo color, pero estaban manchadas de humedad, y el aire se notaba más denso, más cargado. En ese espacio reflejado, Lucía vio a alguien.


A ella.


Pero no era ella exactamente. Tenía su mismo rostro, su ropa, su cabello, pero sus ojos estaban vacíos, completamente blancos, como si estuvieran hechos de niebla. La piel era tan pálida que parecía translúcida, y una sonrisa torcida le cruzaba el rostro. No era una sonrisa humana.


Lucía retrocedió con un grito ahogado. Su corazón latía tan fuerte que sentía que iba a desmayarse. Bajó corriendo las escaleras, tropezando con una caja a medio camino, y buscó a su madre entre sollozos.


Cuando su madre subió al ático con ella, el espejo ya no estaba. Solo había una sábana arrugada en el suelo y una caja vacía. Su madre la miró con preocupación. “Debe ser el estrés de la mudanza”, dijo, acariciándole el cabello. “Dormiste poco anoche.”


Lucía no insistió, pero desde ese día, todo cambió.


Comenzó a ver reflejos donde no debería haberlos. En el agua del lavabo, en las ventanas empañadas, en la pantalla negra del celular. Siempre esa figura. Su figura. Pero con la misma sonrisa perturbadora. Y cada vez estaba más cerca. A veces, parecía incluso que la imitaba un segundo más tarde, como si tratara de aprender sus movimientos.


Una noche, mientras intentaba conciliar el sueño, escuchó su propia voz susurrarle al oído: “Déjame entrar. Solo un momento. Solo para cambiar de lugar.”


Lucía gritó. Nadie acudió.


A la mañana siguiente, su madre la encontró dormida en el suelo del baño, frente a un charco de agua. Estaba fría como el mármol, pero aún respiraba.


Desde entonces, Lucía ya no era la misma.


Camina por la casa en silencio, como una sombra. Apenas responde. No ríe. No parpadea. Solo observa, con una expresión vacía.


Y en el reflejo del agua, o en el vidrio oscuro del microondas, su verdadero reflejo sigue ahí. Esperando.


Sonríe cada vez que alguien se acerca.


Y nunca, nunca parpadea.





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