La muchacha que coleccionaba palabras
La Coleccionista de Palabras
Sofía vivía sola en una casa antigua, cubierta de enredaderas, donde las ventanas siempre dejaban pasar una luz suave y tibia. Dentro, había estanterías de madera repletas de frascos de vidrio. Cientos, quizá miles. Y dentro de cada uno, una palabra.
No eran etiquetas ni adornos. Eran palabras reales. Sofía tenía un don peculiar: podía atraparlas al vuelo. Cuando alguien las pronunciaba con fuerza o con ternura, cuando una frase quedaba suspendida en el aire, ella tendía la mano como quien caza una luciérnaga, y con un gesto sutil, las encerraba en sus frascos. Allí flotaban, con brillo propio, a veces temblando, otras dormidas.
Había frascos con palabras hermosas como “luz”, “ternura”, “cobijo”, que destellaban como luciérnagas doradas. Otras contenían palabras densas, como “ausencia”, “odio”, “grieta”. Estas parecían más pesadas, su vidrio más grueso, su resplandor más apagado.
Sofía no salía mucho. Pero todos los días, a la misma hora, iba al parque que quedaba frente a su casa, con una libreta en mano. Se sentaba en la banca más apartada y escuchaba. No espió secretos ni se entrometía. Solo se fijaba en las palabras que la gente dejaba escapar sin darse cuenta. Una risa entre amigos. Un susurro entre enamorados. Un grito ahogado por la rutina. Y cuando alguna palabra resonaba en su interior, la atrapaba con delicadeza y la guardaba.
Así pasaban sus días, hasta que una tarde, mientras observaba las hojas caídas de otoño, conoció a Clara. Era una chica de voz tranquila y mirada profunda. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, cada palabra tenía una especie de música escondida, como si cantara sin cantar.
Sofía sintió algo nuevo: ya no atrapaba palabras al azar. Comenzó a guardar solo las de Clara. Las anotaba con cuidado, las embotellaba con mimo. Las colocaba en estantes distintos, lejos de las demás. “Refugio”, “complicidad”, “misterio”. Nunca había tenido una colección tan viva.
Pero un día, sin previo aviso, Clara se fue. No hubo una pelea, ni una despedida formal. Solo el silencio. Sofía esperó días, luego semanas. Hasta que una mañana, comprendió que no volvería. Caminó hasta su estantería más alta, tomó el frasco donde había encerrado la palabra “despedida”, lo llevó al parque, lo abrió y lo dejó ir. La palabra voló como una mariposa triste, y desapareció en el aire.
Desde entonces, algo cambió.
Sofía siguió yendo al parque, pero ya no atrapaba palabras. En lugar de eso, comenzó a soltarlas. Llevaba frascos con ella y los dejaba en distintos lugares: “esperanza” sobre una banca, “valor” en una fuente, “amor” dentro de una hoja doblada. Como si sembrara flores invisibles para los corazones distraídos.
Decía que las palabras, cuando se guardan demasiado, se pudren. Se marchitan dentro del vidrio, olvidan su música. Pero cuando se regalan, cuando se sueltan sin miedo, florecen en lugares inesperados.
Y así, Sofía ya no coleccionaba. Sembraba.
Porque algunas palabras, para vivir, necesitan ser
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